mayo 2008


jueves, octubre 05, 2006

Todo un arte

El cine se construye a partir de un gran cocktail de mentiras articuladas entre sí que simulan una realidad. Aquello que se ve está lejos de ser lo que es.
Cada lágrima, risa o romance se graba incontables veces para que los espectadores vean personas y no personajes. El actor debe aniquilar su identidad para subsistir (si no puede desprenderse de sí mismo no podrá ser otros, no podrá ser actor).
El buen manejo de herramientas da a luz a una realidad irreal.
En definitiva, lo que se pretende con la actuación, el guión, la dirección, la escenografía, el discurso, la acción, la toma, la escena, la historia, es la construcción del verosímil. Lo que importa es que lo que se ve sea creíble.
Queda claro que el cine tiene las mismas bases que la política.

viernes, octubre 06, 2006

Las claves (y clases) del éxito

Un guión cinematográfico debe tener:
120 hojas (una por minuto)
30 hojas para la introducción (planteamiento). En la página 27 deberá mostrar el conflicto de los personajes.
En las siguientes 60 hojas los personajes conviven con ese conflicto (el desarrollo) e intentarán resolverlo. (atención: estar atento en la página 50! ahí deberá estar el climax)
Las últimas 30 hojas el conflicto se diluye o no (conclusión).
Fin. (Aplausos)

¿Por qué las clases de guión las darán profesores de matemática?

Desde su lenguaje por excelencia (el cinematográfico, claro) Hitchcock reflexionó sobre los matices de la representación. Partió de un ejemplo simple:

Citado del libro “El cine según Hitchcock” de François Truffaut.

“La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple y hablo de ella muy a menudo. Sin embargo, en las películas frecuentemente existe una confusión entre ambas nociones.
Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de la mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: “No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar”. En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conclusión de ello es que se debe informar al público siempre que se puede, salvo cuando la sorpresa es un “twist”, es decir, cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la anécdota.”

Más allá de lo claro y certero del ejemplo en cuanto a la influencia que ejerce la “forma” en el discurso; es decir, colocando el “cómo se dice” en un rol tan significativo como el “qué se dice”; este ejemplo traspasa las fronteras de la ficción.

(Claro, siempre y cuando la “realidad” no sea una gran ficción)

Obviando esas intrusas letras rojas, he notado que ha estallado una bomba y nunca nadie la había mostrado. De allí el origen de mi (¿nuestra?) sorpresa en el caso, que ni siquiera permite tener una postura sólida ante semejante abrumador desconocimiento.

Estoy haciendo alusión al conflicto que han titulado como “Clarín vs Gobierno”.

Somos espectadores de una batalla mediática en el que llueven calificativos, pero las causan gozan del más profundo de los anonimatos.

Quiero decir, “Clarín miente”. Pregunto (sí, anuncio que pregunto):

¿Durante todos estos años decía la verdad y un día se despertó con unas ganas locas de mentir?

¿Cuál es la mentira?

¿Y entonces cual es la verdad?

Si alguien pega un cartel diciendo que “Clarín miente” está intentando convencer a los “ajenos” de tal acusación. Pero cuando no tiene un sustento empírico y mínimante comprobable, el mensaje se disuelve en el viento (o en todo caso contribuye a manchar aún más el cuerpo de la ciudad).

Al no haber ningún tipo de argumento convincente, el mencionado cartel tiene la misma legitimidad que uno que diga: “Clarín es el topo gigio”.

No es este un manifiesto de defensa a Clarín, sino sencillamente una sugerencia para quienes pretenden generar cierta afinidad o complicidad moral o intelectual, a partir de la invasión de afiches acusatorios. Debieran saber que hasta aquí el criterio utilizado es apropiado para un nene de segundo grado (y había escrito “tercero” y lo borré porque me pareció demasiado).

Antecedentes de conocimiento público

Más allá de de los carteles mencionados, para intentar “comprender” esta novela hay que remontarse a su única parte visible, su climax: las palabras del ex profesor, ex piquetero y actual “vocero presidencial”, Luis D’elía.

En el programa “A dos voces” manifestó una serie de indignaciones muy particulares:

“El grupo económico se benefició con Duhalde con la pesificación y con la ley de protección de bienes culturales.”

Tiene razón. Clarín y el gobierno tienen un benefactor en común.

“Clarín es una pistola en la cabeza de la democracia argentina porque quiere comprar Telecom”

¿Qué?

“Este grupo ha obtenido la fusión entre Cablevisión y Multicanal (…)Este país necesita una nueva ley con los monopolios comunicacionales…”

Para los que se apresuran en sus conclusiones: Vieron que D’elía sí se atreve a criticar al gobierno.

“El político que entra en desgracia con ustedes: pobre tipo, pobre tipo.”

Adivinen a quien me recuerda Clarín.

“El poder concentrado en Argentina es una desgracia para la democracia y la libertad”

Comparto con D’elia pero sospecho que él no lo hace consigo mismo al ser un acérrimo Kirchnerista .

¿Serán estos los motivos por los que “Clarín miente”?

El grupo Clarín como corporación es magno, excesivo, grotesco.

Como medio de comunicación, es prudente distinguir a sus dos máximos exponentes.

Clarín es el diario ideal para cualquier gobierno. Es tan popular como insulso (y probablemente una característica sea la causa/consecuencia de la otra). Es un gran folleto de ofertas de supermercados y celulares que entre tanto informa y muy esporádicamente comparte un pensamiento crítico o analítico.

TN tiene una particularidad, sus máximos exponentes trabajan en múltiples sectores de la Prensa gráfica: Morales Solá en “La Nación”; Tenembaum y Zloto en “Página 12”, Nelson Castro en “Perfil”. En ese sentido, no se lo puede acusar de tener un mensaje unidireccional.

Anexito:

Canal 13 es incluso un “cómplice” involuntario del gobierno. Showmatch desvía temas trascendentales y genera una suerte de sutil efecto anestésico (¿Han notado que desde el retorno de Marcelo, el conflicto con el campo importa menos?)

Definitivamente nos estamos perdiendo el eje de la cuestión. No nos permiten tener una postura. Eso no me preocuparía si no fuera porque gastan cientos de miles de pesos diarios intentando que la tengamos.

“Clarín miente” es decirle a la sociedad “Son tarados”, si ese es todo su argumento.

Lástima que Hitchcock no sea presidente.

Hoy decidí ser el Coco Basile.

¿Cuál es mi recurso “madre” para tal metamorfosis? la autoproclamación.

Soy el Coco Basile porque digo que lo soy.

Lo que estoy haciendo aquí es, ni más ni menos, que aplicar el criterio del gobierno para categorizarse. Cualquier discurso, por más noble que sea, no puede sino generar un efecto de saturación si queda anclado en las mismas palabras. Dependerá de su contenido si esto ocurre a corto o a largo plazo. Pero la situación puede agravarse cuando el relato resulta ser un rejunte de falacias.

Así como les comentaba que se me ocurrió ser Basile, al gobierno se le ocurrió que representa las ideas más sanas del peronismo o del progresismo. Pero en la práctica, evidencian que sus ideas están cada día más distantes de lo que enuncian ante la tribuna.

La última demostración, y probablemente la más notoria, sea la inversión de 15.000.000.000 de pesos para llevar adelante las obras del tren bala.

¿Es acaso esto negativo? No, claro que no. Oponerse a un servicio de transporte público que muestre mejoras cualitativas implicaría el mero ejercicio de la necedad.

Pero como ha demostrado la historia y el sentido común, las acciones sólo son pertinentes o no, si se las enmarca en su contexto.

Seguramente los habitantes de Níger merezcan tener minicomponentes para que puedan escuchar la música que más les guste. ¿Pero no es acaso de carácter urgente que accedan a alimentos para combatir su desnutrición? La respuesta es obvia.

Parece que las autoridades nacionales han desaprendido las nociones de obviedad y pretenden hacer un transporte absolutamente elitista en un país que en las estadísticas parece avanzar a la velocidad del tren que añoran, pero que su realidad demuestra lamentablemente lo contrario. Hay quienes viajan en los techos, otros colgados; hay quienes se enferman en los “baños”, hay quienes se enferman por la espera.

Mientras el sistema de transporte público del país se hunde en su permanente agonía, el tren bala será -como casualmente se mencionaba en el texto anterior- un delirio de grandeza que arrastra el más amargo de los símbolos: una vez más los más pudientes miraran por la ventana como se van gestando nuevos asentamientos próximos a las vías del tren. Un nuevo paisaje del cual aterrarse. Es nuestra tragedia, es nuestro tango. Y nos guste o no; es nuestra elección.

¿Progresismo? ¿No les recuerda acaso a la impronta de la década pasada?

Distribución del ingreso, Patria, Justicia; muchas palabras, muchos conceptos, muchos discursos.

Pero el tren sigue andando y los de siempre se quedan abajo.