Hoy decidí ser el Coco Basile.
¿Cuál es mi recurso “madre” para tal metamorfosis? la autoproclamación.
Soy el Coco Basile porque digo que lo soy.
Lo que estoy haciendo aquí es, ni más ni menos, que aplicar el criterio del gobierno para categorizarse. Cualquier discurso, por más noble que sea, no puede sino generar un efecto de saturación si queda anclado en las mismas palabras. Dependerá de su contenido si esto ocurre a corto o a largo plazo. Pero la situación puede agravarse cuando el relato resulta ser un rejunte de falacias.
Así como les comentaba que se me ocurrió ser Basile, al gobierno se le ocurrió que representa las ideas más sanas del peronismo o del progresismo. Pero en la práctica, evidencian que sus ideas están cada día más distantes de lo que enuncian ante la tribuna.
La última demostración, y probablemente la más notoria, sea la inversión de 15.000.000.000 de pesos para llevar adelante las obras del tren bala.
¿Es acaso esto negativo? No, claro que no. Oponerse a un servicio de transporte público que muestre mejoras cualitativas implicaría el mero ejercicio de la necedad.
Pero como ha demostrado la historia y el sentido común, las acciones sólo son pertinentes o no, si se las enmarca en su contexto.
Seguramente los habitantes de Níger merezcan tener minicomponentes para que puedan escuchar la música que más les guste. ¿Pero no es acaso de carácter urgente que accedan a alimentos para combatir su desnutrición? La respuesta es obvia.
Parece que las autoridades nacionales han desaprendido las nociones de obviedad y pretenden hacer un transporte absolutamente elitista en un país que en las estadísticas parece avanzar a la velocidad del tren que añoran, pero que su realidad demuestra lamentablemente lo contrario. Hay quienes viajan en los techos, otros colgados; hay quienes se enferman en los “baños”, hay quienes se enferman por la espera.
Mientras el sistema de transporte público del país se hunde en su permanente agonía, el tren bala será -como casualmente se mencionaba en el texto anterior- un delirio de grandeza que arrastra el más amargo de los símbolos: una vez más los más pudientes miraran por la ventana como se van gestando nuevos asentamientos próximos a las vías del tren. Un nuevo paisaje del cual aterrarse. Es nuestra tragedia, es nuestro tango. Y nos guste o no; es nuestra elección.
¿Progresismo? ¿No les recuerda acaso a la impronta de la década pasada?
Distribución del ingreso, Patria, Justicia; muchas palabras, muchos conceptos, muchos discursos.
Pero el tren sigue andando y los de siempre se quedan abajo.