Cuando se empieza a hojear las páginas de la historia, se puede percibir que hay un componente común; un hilo conductor de todos los capítulos, un mismo esqueleto para distintas épocas y lugares. Se trata de la presencia de la ironía.
Aquí algunos pocos y populares ejemplos:

Que Menem diga que es Peronista.
Que Hitler haya sido un producto del voto popular.
Que Fidel sea uno de los políticos más ricos del mundo.
Que Bush acuse a alguien de Terrorista.

En estos tiempos, claro está, la ironía es una estrella pública y reluciente.
Y esta cualidad implica la presencia de la ironía sobre su propio significado.
Esto es: La ironía es tan visible y tan obvia, que ya no sorprende (esto es aún más irónico).

Retomo un concepto que creo haber mencionado en algún artículo anterior. Más allá de las sospechas sólidas sobre lo sincero o lo genuino de la decisión del gobierno de haberse vinculado activamente a las causas de Derechos Humanos, es visible e irrefutable que durante esta gestión, se ha avanzado sobre el esclarecimiento de los crímenes ejecutados desde el Estado en los 70.
Creo firmemente que la intervención militar (y las semillas que la antecedieron) fueron perversas desde todo punto de vista. Pero lo más triste de nuestra historia no es que un grupo de militares mató a montoneros, estudiantes, comunistas o lo que fuera. Lo más triste es que se intentó aniquilar la disidencia, se intentó abolir la diferencia, se pretendió “objetivizar” a los sujetos. Esto es lo que nuestra presidenta debiera incorporar (como todos nosotros) de las lecciones que nos da la memoria.

Pero lamentablemente estamos cada día más distantes de esa realidad.
He notado algunos tics imperativos del gobierno de los que en algunos casos ya hice mención. Alguno me dirá que soy redundante y lo comprendería. Pero mi insistencia está ligada en forma proporcional a mi preocupación. Quiero decir, lo que antes interpretaba como reacciones violentas a situaciones particulares, ahora empiezo a creer que, en realidad, se trata de una planificada metodología del ejercicio del poder.
Y ahí es donde la ironía toma protagonismo. Al gobierno que públicamente más ha desmenuzado y condenado a la mencionada sección de la historia, se le puede atribuir algunos patrones de conducta que paradójicamente son comparables con los que critica. No en los resultados, pero sí en las intenciones.

Sabemos lo que ocurrió con los “caceroleros” en Plaza de Mayo. A eso hay que sumarle que pocos días atrás el periodista Jorge Fontevecchia fue agredido física y verbalmente por un grupo de manifestantes oficialistas. Lo mismo ocurrió con Ricardo López Murphy.
La violencia es un instrumento avalado y promocionado por el gobierno.
No pretendo alimentar la paranoia ni hacer comparaciones poco felices. No me voy a sumergir en la irracionalidad. Pero si se repasa al “terrorismo” como concepto, nos encontramos con la siguiente definición que nos brinda “Wikipedia”: El terrorismo es una sucesión de actos de violencia que se caracteriza por inducir terror en la población civil de forma premeditada. Dentro de los comportamientos forzados por la amenaza del terrorismo en dicha población civil se incluyen la aceptación de condiciones de muy diversa índole: políticas, económicas, lingüísticas, de soberanía, religiosas, etc. Cuando este tipo de estrategias es utilizado por gobiernos oficialmente constituidos, se denomina terrorismo de Estado.
Como dije, no estoy insinuando esa barbaridad; sería incluso una falta de respeto para quienes han perdido la vida por ser, simplemente, ciudadanos. Pero hay un aire en el ambiente tenso y denso. Un microclima de gargantas desgastadas, de caras transpiradas, del impulso al adjetivo doloroso, del bien, del mal, de nosotros, de ustedes, de patria, de colonia, de golpe, de oligarquía, de matones, de golpes, de insultos, de democracia. ¿De democracia?
Mientras en ínfimos días sucedieron esas indeseadas y novedosas (para los más jóvenes) escenas, el gobierno lanzó un observatorio de medios y corre el rumor de que Rudy Ulloa pretende adquirir Telefé .
Golpes a periodistas, a políticos, a manifestantes pacíficos; compra y control de medios.
Y en este contexto, el gobierno recurre a la receta de gritar desaforadamente la palabra “democracia” en cada paso que da.

La ironía está en su auge.

Pasan cosas raras en esta Argentina.
Porque además cabe recordar la vida de los Kirchner en los 70 , de sus concepciones sobre los modelos económicos en los 90 y de que hoy en día mientras sus aficionados gritan “Patria sí, Colonia no” le renuevan el contrato a Pan American para explotar el petróleo del sur por 20 años (con opción a otros 20).
Frecuentemente disfruto del uso de la ironía, por eso, desde la modestia de este espacio, quiero distinguir al gobierno por manejar con tanta excelencia ese recurso. Felicitaciones.