He aquí el artículo de Don leuco:
Convicciones Líquidas
Rosendo Fraga sostiene que la ambigüedad no siempre es negativa en la política. Que es la tolerancia que expulsa los conflictos que van a callejones sin salida. Que es la flexibilidad humana y necesaria para alejar peligrosas y malditas antinomias como la de amigos-enemigos que tanto mal nos han hecho. Las rigideces y los dogmatismos, mejor dejarlos para los valores y los principios éticos. Se apoya en una cita del Roca del siglo XIX : “En política no hay que decir palabras irreparables porque nadie es tan amigo como para no convertirse en enemigo y porque nadie es tan enemigo como para no convertirse en amigo”. Dice Rosendo que el partido que mejor comprendió esto es el peronismo y por eso es casi un sinónimo de poder en nuestro país.
El periodista Jorge Fernández Díaz utilizó una metáfora brillante para ir hasta el mismo hueso: “El peronismo es ese traje a medida que los argentinos se construyeron a sí mismos para cambiar de parecer, practicar el oportunismo internacional, ejercer la autoridad y gobernar lo ingobernable: este país”.
Mucho más empírico, Eduardo Duhalde bendijo la vuelta de Kirchner y Lavagna al peronismo: “Para nosotros es una buena noticia”.
¿Es una buena noticia para las instituciones republicanas? Hay múltiples respuestas seguramente. Pero vale la pena detenerse en dos:
1- La hipócrita indignada. Es la que se expresa en muchos contestadores de las radios y que pone el grito en el cielo diciendo: “Lavagna me traicionó, me siento defraudado”. Dan ganas de preguntar qué hizo esa persona por Lavagna además del módico compromiso de votarlo. ¿Estaba dispuesto a dar la vida por Lavagna? ¿Aportó algun pesito para su campaña? ¿Pegó algún cartel, acaso? El grado de desilusión tiene que ser directamente proporcional al nivel de compromiso. Si no, es como exigirle a los dirigentes políticos un grado de firmeza en las convicciones que la sociedad no tiene. No hay demasiados antecedentes de políticos diabólicos que surgan de comunidades angelicales. Por lo general, los dirigentes en todos los planos son bastante parecidos a sus dirigidos. ¿O no somos capaces de confesar que nos equivocamos a menudo, que cambiamos radicalmente de opinión, que tenemos agachadas cotidianas y otras yerbas? ¿No estaremos escondiendo cierta justificación que nos permita pagar nuestras culpas por lavarnos las manos y alimentar ese reaccionario discurso antipolítico? Lavagna es un traidor. ¿Yo? Yo soy un héroe.
2- La reflexiva estratégica. Es la que, analizando el escenario, se preocupa por esa manía de muchos opositores que no construyen alternativas y sólo escupen críticas. La que olfatea el peligro del partido único y el hegemonismo kirchnerista. La que teme que la oposición rabiosa, como dijo Lavagna, se convierta en gorilismo rabioso, como dijo Alfonsín. Muerto el perro se acabó la rabia, decían los biempensantes como expresión de deseo después de que Perón se llevara en sus oídos la más maravillosa música. Somos la rabia, pintaban algunos de la jotapé medio derechosa que en algún momento intentó volver y ser millones. Es verdad que el borde del precipicio todavía está lejos, pero conviene advertir que una fractura social a la venezolana nos acerca mucho a ese abismo.
A Lavagna el viraje le va a costar capital simbólico. En esta democracia de masas mediáticas tiene que dar demasiadas explicaciones. Hay mucho ciudadano ejemplar que no tolera en los demás lo que tolera de sí mismo. Hay mucho dirigente que le cuesta gobernar, al revés de Lavagna al que le cuesta ser opositor. Es que desprecia el objetivo fácil de la confrontación de adjetivos por los medios. De hecho, colaboró con todos los gobiernos democráticos de Perón para acá, salvo con Menem. Es todo un dato. En cambio para Kirchner fue todo ganancia. Se mostró audaz, táctico y gran lector de los resultados electorales. Refunda un peronismo a su imagen y semejanza porque la mayoría de los votos de Cristina vienen de donde más NBI –Necesidades Básicas Insatisfechas– hay, y porque recupera al peronista que despierta más simpatías en donde menos NBI hay. El peronismo es un partido que siempre tiene las puertas abiertas para los que quieren volver. Puede ser una hermandad, una logia y –a veces– una mafia. Todo lo contrario del radicalismo y la izquierda, que hacen de la división permanente casi un dogma de fe. Lo que no está claro es si, como dijo Abel Posse, la mano tendida de Kirchner premió la disidencia de Lavagna. ¿Ya no prefiere la obediencia debida de los verticalistas que a todo le dicen que sí? ¿Habrá convivencia en la diferencia? ¿Hay que plantarse frente a Kirchner y armar algo afuera para volver por la puerta grande? La historia de Santa Cruz demuestra que Kirchner primero somete electoralmente a sus adversarios y después de un tiempo les tira una soga. En la mayoría de los casos, con esa misma soga, los asfixia. ¿Habrá cambiado? Por las dudas, hay que tener cuidado con las convicciones líquidas, como diría el sociólogo Zygmunt Bauman. Kirchner ya tiene a Lavagna en el banco de los suplentes como candidato contra Macri o, por si las moscas, alguna crisis no prevista. No hay en el horizonte ministro de Economía más exitoso que Roberto (a partir de ahora) o que el Pálido (hasta hace una semana). El pejotismo fue una ocurrencia fugaz de Kirchner, y las corporaciones partidarias, una definición ajena a las necesidades actuales. Tiene razón Artemio López: no existe el peronismo desgrasado o Dolce & Gabbana. Estamos asistiendo a los remezones del peronazo y está clarísimo: todos unidos triunfaremos y como siempre daremos…
Convicciones Sólidas (Primera Parte)
Aclaración: Lo siguiente está escrito como si fuera una carta para Leuco. Esto no implica que en la práctica lo termine siendo. Pero el motivo por el cual lo escribí del tal forma es pura y exclusivamente porque me dieron ganas.
Estimado Alfredo: Empapado de modestia, permítame brindar mi apreciación acerca de algunas de sus palabras.
La última de mis pretensiones es descontextualizar sus reflexiones, por lo que he optado por reproducir uno de sus párrafos en forma íntegra:
“¿Es una buena noticia para las instituciones republicanas? Hay múltiples respuestas seguramente. Pero vale la pena detenerse en dos:
1- La hipócrita indignada. Es la que se expresa en muchos contestadores de las radios y que pone el grito en el cielo diciendo: “Lavagna me traicionó, me siento defraudado”. Dan ganas de preguntar qué hizo esa persona por Lavagna además del módico compromiso de votarlo. ¿Estaba dispuesto a dar la vida por Lavagna? ¿Aportó algun pesito para su campaña? ¿Pegó algún cartel, acaso? El grado de desilusión tiene que ser directamente proporcional al nivel de compromiso. Si no, es como exigirle a los dirigentes políticos un grado de firmeza en las convicciones que la sociedad no tiene. No hay demasiados antecedentes de políticos diabólicos que surgan de comunidades angelicales. Por lo general, los dirigentes en todos los planos son bastante parecidos a sus dirigidos. ¿O no somos capaces de confesar que nos equivocamos a menudo, que cambiamos radicalmente de opinión, que tenemos agachadas cotidianas y otras yerbas? ¿No estaremos escondiendo cierta justificación que nos permita pagar nuestras culpas por lavarnos las manos y alimentar ese reaccionario discurso antipolítico? Lavagna es un traidor. ¿Yo? Yo soy un héroe.”
Creo que adjetivar de “hipócrita” a la indignación popular roza lo violento, pero principalmente es el claro ejercicio de subestimar una señal. El disgusto de la gente que se expresó, no sólo es genuino sino absolutamente valioso en una democracia tan susceptible, fallida y adolescente como la nuestra. El hecho de que en las radios o en los bares haya florecido la indignación es un síntoma de una sociedad que intenta despojarse de la indiferencia. No se trata de una tormenta de optimismo, pero en esta época donde se hace culto al plástico y a la banalidad, es un aroma que no deberíamos despreciar. La indignación puede ser un motor del pensamiento; sino fíjese como la indignación que a usted le generó la indignación ajena, fue la matriz de su editorial. Y la indignación que a mi me generó su editorial, resultó ser el alma de esta respuesta.
Ahora bien, hasta aquí estamos en un terreno relativo, donde en definitiva, la calificación de hipócrita o genuina es tan válida como (felizmente) subjetiva.
Donde sí considero que nuestras diferencias no son interpretativas sino más bien conceptuales es en el rol que usted le asigna al ciudadano común. Sin ánimo de ofender, creo que tiene una visión un tanto anacrónica acerca de la realidad. Probablemente aún guarde en su retina una romántica y nostálgica visión del mundo, nutrida de las raíces de otras décadas donde la palabra “compromiso” era tan sagrada como “la madre” o como se diría en cualquier vereda, “la vieja”. Lo comprendo porque es factible que haya sido fascinante; en mi caso lo viví en mi imaginación por lo que hasta he llegado a idealizarla mucho más que los verdaderos protagonistas de la época.
Pero…
Año: 2008.
Conviene distinguir entre ciudadano y militante.
Comparto que un militante tenga un compromiso y una actividad en su partido u organización y que dicha acción sea el paisaje de su cotidiano. De hecho estas actividades son la que lo distinguen de un ciudadano no militante (que no quiere decir apolítico).
El hecho de que un votante no pegue carteles de su candidato predilecto no le quita el derecho a una potencial indignación. Un ciudadano, que en un marco democrático ejerce su derecho al voto, y que si luego de hacerlo se siente estafado, (y en este caso hay motivos por doquier) ¿Acaso no puede manifestarlo por no haber puesto plata en la campaña?
Es algo así como proclamar la indignación elitista.
Indignarse es distinguir. Indignarse es aprender.
Sepa estimado que pocas veces voy a la cancha y ni siquiera soy socio, pero no sabe usted la tristeza que me da ver perder a River.